
LIMA, Perú.- El 10 de septiembre de 1836, Diego Portales, supremo organizador de la república chilena, escribió una carta a Manuel Blanco Encalada, comandante en jefe de las fuerzas navales y militares que pondrían fin a la existencia de la Confederación Perú-Boliviana. En dicha misiva, Portales, el auténtico restaurador del principio de gobierno en Arauco, afirmaba: “La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma la existencia de dos pueblos confederados, y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo. Unidos estos dos Estados, serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias…
La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América… debemos dominar para siempre en el Pacífico: ésta debe ser su máxima ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre”.
Esta carta, digna de un manual de geopolítica tropical, no pasaría de ser un hecho histórico, dolorosamente cainita, si la estirpe de Portales no se hubiese prolongado en el tiempo reencarnándose en muchos estadistas y en algunos militares. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando tendríamos que bregar por la integración continental y el sueño de una América unida se convierte en una exigencia racional, subsisten los émulos de Portales que piensan que todo, todo se consigue aut concilio, aut ense (por la razón o por la fuerza), como reza el viejo lema del Estado portaliano.
Los que creemos que la unión latinoamericana no es un tópico ingenuo y sí una necesidad política, debemos rechazar la carrera armamentista que se ha apoderado de parte del continente. La soberanía radicalizada, exclusiva y excluyente, permite que algunos sectores concretos defiendan sus prebendas y canonjías comprando armas y fortaleciendo la potestas castrense.
Entre 2003 y 2008, según el instituto internacional de Estudios Estratégicos (IISS) con sede en Londres, el gasto militar en América Latina y el Caribe se incrementó en un 91%, de US$ 24,700 a US$ 47,200 millones. Las cifras, de por sí, son desalentadoras. Brasil, el mayor comprador de armas, fortalece su alianza estratégica con Francia y busca el poder nuclear. Venezuela se rinde ante el Oso ruso y Chile cuenta, de lejos, con las fuerzas armadas más modernas del continente.
El gobierno chileno, por ejemplo, invirtió entre 2003 y 2009, más de 2900 millones de dólares en armamento (aviones f-16, fragatas, submarinos Scorpene, tanques Leopard, vehículos de combate, misiles Stinger, radares Sentinel, etc.)
No es que la región se interne, de pronto, en una carrera armamentista. Los males de la competencia bélica se han venido incubando desde hace mucho tiempo. Desde la independencia, si me apuran. Y así como la bonanza petrolera ha permitido que Hugo Chávez arme a sus milicias revolucionarias, Chile, tras el triunfo económico de los Chicago boys, bajo la férula pinochetista, recuperó el equilibrio estratégico y se lanzó en pos del liderazgo militar.
Armamentismo chileno
Y lo ha conseguido. Incluso si el próximo gobierno chileno deroga la ley del cobre que financia la compra de armas, es difícil, muy difícil que el ejército renuncie a sus privilegios y ceda su poder sin presentar batalla política y mediática. Cuentan, además, con el respaldo de gran parte de la población, orgullosas de la hegemonía material de sus soldados.
No olvidemos que la doctrina de Portales no sólo se ha visto reflejada en el pensamiento militar de Pinochet sino también en esa teoría rocambolesca, por peligrosa, que es la Oceanopolítica del Almirante Jorge Martínez Busch. Su impronta, cómo es palpable, cuenta con adeptos en plena era de la globalización.
La captura del espía peruano al servicio del gobierno de Chile responde a esta lógica de intereses geopolíticos, modernos y maquiavélicos, si empleamos la clasificación que Robert Kagan ensayó en su opúsculo Of power and paradise. Políticamente, la traición de Ariza fortalece en el frente interno al gobierno de García, ayuda en la demanda marítima de La Haya y debilita la imagen internacional de Chile.
Michelle Bachelet, pese a su discurso progresista y a las peregrinaciones por la Cuba castrista, ha sabido mantener una excelente relación con las Fuerzas Armadas de su país, plegándose a sus deseos y alimentando con su política permisiva imprudentes demostraciones de poder como lo fueron, hace poco, los ejercicios conjuntos de Salitre 2009.
Sin embargo, el pueblo chileno apoya en este punto la gestión de la presidenta de la Concertación. Y nada hace presagiar que la Inglaterra de Sudamérica abandone una política de Estado y juzgue en el fuero común a los responsables de un espionaje tan estúpido como ultrajante.
Las relaciones pueden atravesar etapas de tensa calma, pero el recelo termina aflorando cuando una de las dos partes da motivo para ello. En este caso, el creciente armamentismo chileno y la penetración económica de sus empresarios en el mercado peruano han sembrado el terreno de dudas y suspicacias.
Si seguimos sometidos a este clima de sospechas y desencuentros, no tardará en resurgir en ambientes andinos el lema de Ramón Castilla, aquél Presidente tarapaqueño que se opuso, años después de la muerte de Portales, al primer expansionismo araucano: “Si Chile compra un buque, el Perú debe comprar dos”. Si ello ocurre, la tensión nunca cesará. Y el sueño de la unión terminará por convertirse en otra pesadilla fratricida, de esas que tanto abundan en la región.
http://www.elmundo.es/america/2009/11/17/noticias/1258488486.html